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La resilencia como fuerza para enfrentarse a la adversidad

La resilencia como fuerza para enfrentarse a la adversidad

Centro Codex
2 meses, 3 semanas

En este articulo hemos querido hablar de la capacidad que tenemos para superar los duros golpes de la vida, esa fortaleza que hace que aún con pérdidas inolvidables, seamos capaces de seguir adelante de manera plena, secándonos las lágrimas y pudiendo sostener nuestro futuro. La resiliencia. 

Pero la resiliencia no es un término unitario, sino que hay múltiples conceptos relacionados con su estudio. 

Uno de ellos es la adversidad.  La adversidad no alude a una situación objetiva en sí misma, sino que es más la interpretación o significado que cada uno aporta a dicha situación. Esto no quiere decir que dependa en su totalidad de la persona, es cierto que existen situaciones mucho más estresantes o traumáticas que otras, como por ejemplo una situación de maltrato psicológico o físico continuado. Sin embargo, parece ser que, el factor más determinante es la interpretación que la persona hace del estresor. Ésta, a su vez depende del significado que tenga para cada uno una situación de adversidad. En general las situaciones estresantes, son las que el individuo percibe como que rompen con un estado de equilibrio en un momento dado o que exigen recursos que no poseemos.

Otro concepto es la adaptaciónreferida a conseguir un equilibrio entre nuestras necesidades y nuestros recursos o habilidades en una situación de potencial traumático. La resiliencia nos permite obtener una adaptación positiva, que nos permite acomodarnos a la situación adversa mientras esta no se modifique.

  • ¿Cómo promover la resiliencia?

La resiliencia no es una cualidad innata, no está impresa en nuestros genes, aunque sí puede haber una tendencia genética que puede predisponer a tener un “buen carácter”. La resiliencia es algo que todos  podemos desarrollar a lo largo de la vida.

Hay personas que son resilientes porque han tenido en sus padres o en alguien cercano un modelo de resiliencia a seguir, mientras que otras han encontrado el camino por sí solas. Esto nos indica que todos podemos ser resilientes, siempre y cuando cambiemos algunos de nuestros hábitos y creencias.

De hecho, las personas resilientes no nacen, se hacen, lo cual significa que han tenido que luchar contra situaciones adversas o que han probado varias veces el sabor del fracaso y no se han dado por vencidas. Al encontrarse al borde del abismo, han dado lo mejor de sí y han desarrollado las habilidades necesarias para enfrentarse a los diferentes retos de la vida.

La resiliencia es un proceso de aprendizaje, por ello, podremos promoverla y estimularla, ya sea desde una autoevaluación de nuestra calidad de vida o bien desde un proceso psicoterapéutico. El objetivo de este proceso de aprendizaje es aumentar los recursos disponibles para hacer frente a las situaciones que evaluamos como adversas y plantearnos qué aspectos de nuestra forma de actuar y relacionarnos podemos cambiar. Es necesario puntualizar que no es suficiente el aumentar nuestros recursos, sino que una vez adquiridos debemos ponerlos en práctica cuando se nos presenten las situaciones adversas.

  • A continuación se  proponen algunas vías para desarrollar la resiliencia.

Un aspecto central de las personas resilientes es la red vincular o afectiva, por ello, es muy importante fortalecer nuestras relaciones afectivas. Para ello, es imprescindible mejorar la comunicación con las personas que consideramos importantes para nosotros, como nuestra pareja, familiares y amigos. En primer lugar, debemos mostrarle a esas personas lo importantes que son en nuestras vidas, además, podemos compartir con ellos cuáles son nuestros miedos y valores más íntimos. También podemos compartir con ellos nuestro tiempo, realizando actividades conjuntas. Por último es importante acompañar a estar personas en sus necesidades, para promover un apoyo social de carácter bidireccional. 

Otro aspecto importante es  la capacidad para evaluar nuestro estilo de vida, analizar nuestros hábitos, con el objetivo de conseguir una mayor calidad de vida. Más concretamente podemos evaluar cuánto tiempo y atención dedicamos a las diferentes áreas que conforman nuestra vida: el trabajo y responsabilidades, los estudios, nuestros hobbies, las relaciones sociales, el cuidado personal y la familia. Sería propicio evaluar el nivel de disfrute que nos aporta cada una de estas áreas y si cumplen nuestras expectativas. En caso de que no fuera así, pensar qué es lo que nos lo impide. Más allá del resultado que obtengamos en cada ámbito de nuestra vida, es importante considerar si valoramos lo que hacemos, tanto el proceso como la intención de nuestras acciones. Ésto se relaciona íntimamente con el desarrollo de la tolerancia a la frustración. Un ejemplo para clarificar esto sería el siguiente: un joven no se atrevía a declararse a una chica porque temía no ser correspondido y quedar en evidencia ante ella y ante los demás. Cuando valoró sus sentimientos y lo importante que era atreverse, y seguir unos deseos que reconocía nobles y adecuados, diseñó la estrategia que consideró más indicada para afrontar la situación. En el momento en que lo hizo, el resultado no fue el que esperaba. Se frustró, y lógicamente sus emociones no fueron positivas, pero lo que le permitió superar la frustración fue, precisamente, valorar el hecho de haberse atrevido, haber sido valiente para respetar sus sentimientos e intentarlo. Entendió que para él fue una experiencia de aprendizaje, más allá de no haber logrado lo que deseaba. La resiliencia se evidencia en situaciones y procesos de aprendizaje como este.

Por último, no podemos olvidar el nivel de participación en la comunidad, plantearnos en qué medida participamos en nuestra comunidad con el objetivo de mejorar distintos aspectos de la misma. La percepción de cualquier posibilidad de generar cambios, por pequeña que sea, puede propiciar aspectos resilientes. 

La resiliencia a nivel comunitario se evidencia en las crisis económicas, laborales, políticas, las catástrofes naturales y/o sociales y los accidentes. En estas situaciones salen a relucir con más claridad las características de la población puesto que se requiere de la puesta en funcionamiento de estrategias que no son necesarias en nuestro día a día. Aquí entran en juego los modos de afrontar las dificultades, los recursos materiales y humanos con los que la comunidad cuenta, la creatividad para generar planes alternativos y la solidaridad para ayudar a las personas más vulnerables. 

Ejemplos claros en este sentido los encontramos en la movilización que la comunidad realiza ante una inundación, como las respuestas de asistencia a los damnificados desde el Estado, pero principalmente aquellas respuestas espontáneas que implican solidaridad: donaciones, acompañamiento, ayuda en el propio lugar o acoger a los damnificados en las viviendas de quienes no se han visto perjudicados.

Lo importante aquí es completar estas respuestas con un proceso de aprendizaje que puede valorar estas acciones como recursos propios de la comunidad. Pero no quedarse solo en eso, sino, sobre todo, incorporar estas situaciones como vivencias comunitarias que promueven nuestras acciones, que generan fuertes conocimientos a partir de la experiencia, para crear condiciones de mayor protección ante futuras situaciones que puedan ocurrir. 

"La resilencia no implica necesariamente una vida feliz y plena, supone superarse a partir del aprendizaje y del crecimiento personal". 

"Podemos promover resiliencia tras valorar la experiencia  adversa o traumática como legado de aprendizaje". 

 

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