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Nadie sabe que voy al psicólogo

Nadie sabe que voy al psicólogo

Centro Codex
3 meses, 4 semanas

La experiencia terapéutica está ligada, inevitablemente, a la siguiente frase: “nadie sabe que voy al psicólogo”. El profesional puede escucharla cuando manda cubrir un autorregistro, si quiere conocer la opinión de una persona significativa para el paciente o, simplemente, cuando el desasosiego personal crea la necesidad de expresar esa realidad. El psicólogo ha de facilitar el derecho a la privacidad en las tareas post-sesión.

Sin duda, los psicólogos comprendemos que la decisión de contar o no que se acude al psicólogo pertenece al ámbito privado del paciente, y apoyamos que, al igual que no se revelan indistintamente las dificultades cotidianas, tanto o más se querrá salvaguardar el propio estado de salud emocional.

Sin embargo, cuando se le pregunta directamente al paciente por qué nadie sabe que va al psicólogo, no suele utilizar el razonamiento expuesto previamente (“porque pertenece a mi intimidad”), sino que, en la mayoría de los casos, la primera respuesta suele enfocarse a: “¡Seguro que piensan que estoy loco/a!”. Y es que esta es la concepción que se tenía de la psicología en España: acudir al psicólogo = problemas = desequilibrio mental = mantenerlo en secreto. Lo paradójico del asunto reside en que, al igual que sucedió en otros países con mayor antelación, cada vez se normaliza más la necesidad de ayuda psicológica, encontrándonos con un aumento exponencial en el número de pacientes que son conscientes de la falsedad de estas asociaciones y, pese a ello, continúan creyendo que su entorno les juzgará severamente (distorsión cognitiva denominada: lectura de pensamiento o error del adivino). Es entonces cuando el “secreto de acudir al psicólogo” se convierte en una tensión añadida a la terapia.

Es fundamental tratar esta distorsión cognitiva, así como clarificar, de nuevo, cuáles son los roles de psicólogo y cliente durante la terapia:

  • Equipo de investigación: Psicólogo-Paciente son colaboradores necesarios. El terapeuta precisa de una tipología de información que sólo puede ser aportada por el paciente, teniendo este último que investigar aspectos en los cuales no ha reparado y generan y/o mantienen el problema. Del resultado de la investigación dependerá el avance final del equipo. Esta actitud colaborada será clave a la hora de: determinar el problema (diagnosticar), intervenir (aplicar el tratamiento), valorar el proceso (cómo está afectando la intervención al paciente) y el mantenimiento (una vez finalizada la terapia). Se facilitará la indagación utilizando múltiples herramientas psicológicas: test, cuestionarios, autorregistros, etc.

 

  • Guía: una vez analizados los datos, el psicólogo (en base al conocimiento científico de la conducta humana) elabora una especie de “mapa mental” que deriva en la plasmación física (informe) de los análisis topográfico y funcional; posteriormente, el terapeuta explica los mismos al paciente, poniendo especial atención al empleo de un lenguaje claro y adaptado a cada persona en particular. A partir de entonces, se fijan los objetivos y se establecen las pautas de actuación, contando siempre con su opinión y respetando su propio ritmo.

 

 

  • Tratamientos basados en la evidencia: acotada la problemática, se aplican intervenciones basadas en la evidencia, es decir: aquellas técnicas o programas que han sido sometidas al método científico y han obtenido un porcentaje de éxito considerable en los diferentes estudios realizados con muestras representativas.

 

Es imprescindible que el paciente se sienta implicado en la terapia; tiene que entender que él es el protagonista, y nuestro trabajo es reorientar su conducta en pro de su adaptación biopsicosocial. Al final, se trata de un trabajo que realiza, fundamentalmente, el cliente.A veces llegan a terapia sabiendo cuál es su problema, pero desconocen qué estrategias utilizar para solucionarlo; ahí es donde entran los psicólogos y se inicia la colaboración. No existe nada loco en tratar de solucionar el malestar emocional, buscando alternativas que corten el ciclo del sufrimiento. Los pacientes tienen miedo de la opinión de los demás, pero ¿qué pensarían ellos si fuese otro el que acudiese a terapia? que necesita ayuda, que se siente mal y que ojalá se recupere pronto. Es precisamente esa empatía humana la que hace que el sufrimiento no sea ajeno a (casi) ningún ser humano, por lo que cada vez más personas depositan su confianza en los psicólogos para redirigir su dolor. Aguantar el malestar es cosa del pasado, la gente es pro-activa, se preocupa por su salud y busca ayuda; al igual que piden cita en el médico, acuden al psicólogo tratando de mejorar su estado de ánimo y así aprender estrategias que les dificulten la recaída. Es probable que el paciente conozca a otras personas que acuden al psicólogo, pero lo desconoce…

Por último, hay explicarles que la actuación de los psicólogos está mediada por el código deontológico, una compilación de normas de cumplida obligación que señaliza que la confidencialidad sólo puede ser traspasada en circunstancias extremadamente excepcionales y con previo aviso al paciente. Si el terapeuta no procede en base a esta normativa, el cliente tiene la posibilidad de denunciar al psicólogo en la sede colegial más cercana. Es tal la pulcritud de esta confidencialidad, que el psicólogo no debería saludar a los pacientes fuera de sesión, a no ser que sean los mismos quienes se dirijan a su terapeuta. Esta información ha de ser trasladada al paciente desde la primera sesión, lo que creará un clima de apertura y confianza que despejará gran parte de las reticencias iniciales que tiene cuando se sienta delante de un extraño a exponer su vida personal. No es fácil pedir ayuda; la labor del psicólogo es apoyar esa valentía para crear una alianza terapéutica sólida y genuina.

“Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero a la hora de tocar un alma humana, sea apenas otra alma humana” (Carl Gustav Jung).

 

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