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Abuso sexual infantil: prevención y tratamiento

Abuso sexual infantil: prevención y tratamiento

Centro Codex
1 mes

El abuso sexual infantil se ha dado desde siempre en distintas culturas y países, siendo cualquier niño, independientemente de su posición social, igual de vulnerable a la hora de poder ser objeto de un abuso sexual.

Asimismo, Levine (1990) define el abuso sexual infantil como la involucración de niños y niñas, los cuales serían dependientes y evolutivamente inmaduros, en actividades sexuales que no lograrían comprender claramente, y que no podrían tomar en consideración al acto del abuso sexual dada la etapa del desarrollo psicosexual en el que se encuentran.

En este sentido podemos decir que el abuso sexual infantil se encuentra dentro de los tipos de maltrato infantil, siendo por lo general este tipo de conductas realizadas por personas adultas, conocidas o familiares del menor, lo que hace que sus repercusiones negativas sobre el niño sean mayores ante la falta de protección que éstos sienten por parte del resto de familiares que han podido estar presentes en dicha situación.

Sin embargo, para poder determinar la existencia de un abuso sexual infantil es clave tener en cuenta la existencia de 3 criterios fundamentales (Barney, G.L & Londoño, J.A.C, 2006 ) como son:

  • Asimetría de edad: es decir la diferencia cronológica de edad existente entre la victima y el agresor.
  • Coerción: es decir, el uso de conductas que el agresor pone en juego para someter a la victima, como puede ser con o sin contacto físico, explotación sexual o factores culturales
  • Tipo de conducta sexual que el agresor ejecuta sobre el niño (caricias, tocamiento, penetración…)

Un informe emitido por Medicina Legal constató que el 78% de los casos de abuso sexual infantil, fueron cometidos por un conocido del niño o niña, generalmente el padre, padrastro u otro miembro de la familia (Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, 2006). Las agresiones sexuales a menores realizadas por un miembro de la familia, se caracterizan principalmente por el hecho de que el agresor manipula el vinculo familiar mediante el uso del poder que le otorga su papel en el sistema familiar, imponiendo la dinámica del secreto con el menor objeto de la agresión haciendo por ende que éste sienta miedo a hablar y los hechos no se conozcan de forma inmediata (Barudy, 1998).

Este tipo de conductas abusivas se producen especialmente en ambientes familiares disfuncionales, así como en numerosas ocasiones se ha observado que el agresor tiene un historial previo de abusos sexuales en su infancia pudiendo estar este factor relacionado con el hecho de que en la vida adulta lleven a cabo este tipo de conductas.

Asimismo, me gustaría destacar que el abuso sexual infantil no es únicamente aquel ejercido por un adulto contra un menor, sino que también es considerado en aquellos casos en los que la diferencia de edad entre victima y agresor es mayor de 5 años debido al abuso de poder que ejerce el mayor sobre el menor. (Paradise, 1990). Además Acero (2009) añade que los menores pueden ser abusados sexualmente tanto por adultos como por otros menores que tienen – en virtud de su edad o estado de desarrollo – una posición de responsabilidad, confianza o poder sobre la víctima, con el fin de gratificar o satisfacer a la otra persona (o a un tercero).

De esta forma podemos aludir a que las características especificas del abuso sería no sólo la existencia de una relación asimétrica entre las dos partes sino también la dependencia, fuerza, presión o engaño que el agresor ejerce sobre su victima y ciertas conductas que tienen porque implicar contacto físico y que también se consideran abuso sexual infantil como las insinuaciones, el exhibicionismo, el voyerismo o incluso el consumo de pornografía (Capella y Miranda, 2003; Finkelhor, 1988; López Sánchez, 2000).

SINTOMATOLOGÍA Y CONSECUENCIAS EN VICTIMAS DE ABUSO SEXUAL INFANTIL

Las personas que han sufrido algún tipo de abuso sexual especialmente durante su infancia o adolescencia, tienden a sufrir consecuencias negativas a nivel emocional en función de quién haya sido el agresor, la duración de la misma o la frecuencia, así como en función de las estrategias de afrontamiento que presente la víctima.

En este sentido, especial mención merece el estudio de Behrman (2007) quien determinó la existencia de una gran variedad de efectos que provoca el abuso sexual infantil sobre una victima, tales como ansiedad, depresión, culpabilidad, vergüenza, disociación, compulsividad, necesidad de perfección y control, entre muchas otras. De igual forma, el estudio realizado por Western (2010) añade que existen otro tipo de síntomas o consecuencias adversas en personas que han sufrido abuso sexual, como el abuso de sustancias, la psicosis o incluso una mayor susceptibilidad al suicidio.

Asimismo, también se ha encontrado en muchas victimas de abuso sexual infantil la necesidad de castigo, es decir, que los menores victimas de dichos abusos han llegado a desarrollar una serie de comportamientos auto-punitivos como forma de autocastigo (Gratz et al. 2002), por la culpabilidad y el malestar que sienten al ser abusados por otro, generalmente de mayor edad que la victima.

Una forma para poder detectar a un menor que ha sufrido algún tipo de agresión sexual, es necesario atender a los cambios que se han llevado a cabo en su comportamiento y que difieren de ser conductas normales o esperables en alguien tan pequeño. Tal es así que cuando un niño presenta comportamientos en los que la sexualidad no se manifiesta de forma natural, sino que se puede advertir la presencia de conductas no acordes a la edad ni madurez psicosexual del menor como onanismo, dibujos o conductas sexualizadas entre otras, lo que nos puede estar indicando que dicho menor ha sufrido algún tipo de abuso o agresión sexual.

En esta misma línea cabe añadir que otro aspecto que se ve afectado en la vida de las personas que han sufrido un abuso sexual infantil se observa en el ejercicio de la sexualidad. En el caso de que la víctima hubiese sido una mujer, en estas se observa como experimentan mayor numero de problemas sexuales durante la adultez comparada con las mujeres no abusadas, haciendo que los estímulos eróticos y respuestas fisiológicas y psicológicas de excitación sexual se vean asociadas a una angustia sexual tal y como dijo Rellini (2007).

De esta forma podemos añadir que el abuso sexual consiste en la utilización de un niño o niña con el fin de satisfacer o gratificar sexualmente a un adulto o grupo de adultos, lo que va a provocar en el menor agredido numerosas consecuencias tanto emocionales como conductuales que varían en función de numerosos factores como:

  • Quién ha sido el agresor (un familiar, conocido o una persona ajena al contexto de la víctima)
  • Qué tipo de abuso se ha producido (caricias, tocamientos, penetración, amenazas, coacciones, secretos)
  • Frecuencia y duración del abuso (días, meses, años…)
  • Intensidad de la violencia ejercida por el abusador
  • Edad de la victima
  • Numero de agresores
  • La credibilidad de la victima por parte de las figuras de apoyo como sus progenitores u profesores
  • Entre otros

DETECCIÓN, PREVENCIÓN Y TRATAMIENTO DEL ABUSO SEXUAL INFANTIL

Según el Consejo de Europa uno de cada 5 niños es victima de abusos sexuales, siendo estos datos de extrema gravedad no solo por la magnitud del problema que reflejan sino también por las consecuencias que este tipo de comportamientos provocan en sus victimas.

A pesar de que la mayor parte de las victimas de ASÍ son niñas, no podemos olvidarnos del hecho de que los niños también pueden ser objeto de satisfacción sexual para una persona adulta o mayor que él. Además este tipo de maltrato infantil se ejerce, en la mayor parte de los casos, por alguien conocido para el menor, lo que hace aun más difícil su detección y prevención.

Con frecuencia se piensa que los abusadores son siempre varones y aunque en la mayor parte de los casos así es, no podemos obviar el hecho de que también existan mujeres que realicen este tipo de conductas o incluso que las alienten o permitan.

Asimismo, numerosos estudios relacionados con el ASÍ han llegado a la conclusión de la existencia de una alta correlación entre la posibilidad de ser victima de abuso sexual infantil y la discapacidad intelectual de un menor, siendo este un factor de riesgo. Tal es así, que Kennedy (1996) en numerosos estudios realizados al respecto llegó a la conclusión de que dos de cada tres chicas y uno de cada tres chicos discapacitados son victimas de abuso.

En este sentido, podemos hablar de forma más detallada sobre los factores de riesgo existentes en victimas de abuso sexual infantil como son:

  • Factores de riesgo individuales:
    • Sexo, es más frecuente en niñas que en niños. Según estadísticas españolas un 15% de niños y un 22% de niñas.
    • La discapacidad intelectual del menor
    • Una supervisión deficiente por parte de los progenitores, especialmente con los denominados “niños de la calle”.
    • Niños con carencias afectivas o cuyos padres disponen de poco tiempo para ellos y que pueden ser seducidos por cualquiera que les preste atención y se ocupe de ellos.
  • Factores de riesgo familiares:
    • La separación conyugal conflictiva de los padres que puede interferir en las competencias parentales de cuidado y supervisión de los hijos.
    • Familias monoparentales sin apoyo familiar o social.
    • Todas aquellas circunstancias que interfieran con una correcta supervisión y cuidado de los niños.
  • Factores de riesgo sociales:
    • Modelo económico actual, basado en una economía de mercado donde todo se puede comprar y vender y donde un niño puede ser percibido como elemento de consumo especialmente en practicas de prostitución.
    • La existencia del turismo sexual, consistente en desplazarse a un país con el objetivo de tener relaciones sexuales con menores
    • La existencia de mitos sobre el abuso sexual que han invisibilizado la realidad de estos actos.

Asimismo, en cuanto a los efectos que el abuso sexual infantil provoca en una victima son numerosos viéndose incluso una alta correlación con el desarrollo posterior, por parte del menor victima, de trastornos mentales o incluso un efecto negativo sobre el desarrollo infantil. Estos efectos pueden ser a corto y largo plazo y pueden mantenerse hasta la edad adulta como pueden ser:

  • Cognitivos: retrasos en el desarrollo, déficit de atención, dificultades emocionales, creencias irracionales…
  • Físico: dificultad para caminar o sentarse, hemorragias, infecciones genitales y del tracto urinario…
  • Conductuales: conductas sexuales inapropiadas como masturbación excesiva, conocimientos sobre sexualidad no acordes a la edad, cambios bruscos de comportamiento…
  • Psicológicos: alteración del sueño y de la alimentación, enuresis o encopresis, depresión, conductas autolíticos, ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo…
  • Sociales: aislamiento social, abuso de otros menores, consumo de sustancias tóxicas…

No obstante y a pesar de la existencia de determinados efectos negativos en los menores abusados, no existe un síndrome especifico ligado al abuso debido principalmente a que no todos los niños reaccionan de la misma forma ante el mismo hecho, ni tienen el mismo impacto sobre ellos, aunque si podemos destacar como más frecuente las alteraciones en la esfera sexual, la depresión y el trastorno por estrés postraumático.

¿Qué hacer cuando se tiene conocimiento de un abuso sexual infantil por parte de un profesional?

El profesional que se encargue de atender a un menor que ha sido victima de abusos sexuales deberá:

  • Creer al niño cuando relata su experiencia traumática y decírselo. Poner en duda lo que el niño cuenta puede hacer que se calle para siempre
  • Animarle a que hable de lo que le ha pasado pero sin forzarle ni sugerirle respuestas para evitar contaminar su testimonio y sin culpabilizarle por lo ocurrido.
  • Poner en marcha de manera inmediata y urgente las medidas de protección necesarias que garanticen la detención del abuso y la interrupción de todo contacto con el abusador.
  • Aceptar los sentimientos del niño y recuadrarlos como que “es normal que se sienta así pero que llegará a sentirse mejor”
  • Se realizará la exploración física y/o psicológica que se estime necesaria y en las condiciones optimas para evitar una revictimización secundaria
  • Notificar los hechos al juzgado.

Pero, ¿cómo podemos hacer para hablar con el menor sobre los abusos sufridos?

Todos los profesionales que deben intervenir con un menor victima de ASÍ experimentan temor a hablar sobre el suceso por razones obvias y es que se carece de formación especifica para abordar con los menores un tema tan delicado como este así como ante el miedo que tiene el profesional de poder traumatizar más al niño.

En primer lugar se recomienda hablar primero con la familia sin el niño presente con el objetivo de que nos puedan contar con absoluta libertad los hechos relatados por el menor y de los sentimientos que este acto han provocado también en el adulto que se siente culpable por no haber podido proteger al menor de dicha situación de abuso.

Para ello se recomienda recoger información con los familiares relativa a:

  • Fecha en que ocurren los hechos y si se trata de un episodio único o recurrente.
  • Datos específicos sobre el abuso
  • Identidad del abusador y grado de parentesco
  • Si el abusador tiene acceso o no al niño
  • Impacto en el menor tanto a nivel psicológico, como físico.
  • Consecuencias del descubrimiento del abuso tanto a nivel judicial, económico, social o escolar como a nivel emocional en la familia.

Toda esta información será importante para que el profesional pueda abordar la situación de forma más adecuada con el menor, ya que el objetivo es conocer el estado actual del menor para poner en marcha las intervenciones más adecuadas. Algunos consejos para la entrevista con el niño son:

  • La actitud del profesional será empática y cercana desprovista de cualquier indicio de poder o autoridad
  • Establecer con el menor una relación cálida y de confianza
  • No transmitir nunca incredulidad ante lo que nos cuentan
  • No realizar juicios de valor respecto a lo que cuenta y mucho menos culpabilizarle
  • No interrogarle ni forzarle a que hable.
  • No emplear lenguaje técnico con el menor
  • No realizar preguntas sugestivas sino realizar preguntas abiertas

Para poder intervenir por parte de un psicólogo con un menor victima de ASÍ es necesario que se tenga un buen manejo sobre los conceptos relacionados con el abuso y las practicas adecuadas para su abordaje, ya que el tiempo de intervención es muy corto.

Según Soria y Hernández (1994) la intervención en situaciones de crisis se desarrolla a lo largo de una o máximo dos sesiones, sin continuarla posteriormente.

En este corto periodo de tiempo hay factores que pueden dificultar la labor del psicólogo como pueden ser: la actitud dependiente de la victima frente al profesional, la exigencia de resultados rápidos por parte del entorno, la evaluación de otros profesionales, la multiplicidad de casos que se deben atender en poco tiempo y el rol de la familia en dicho contexto.

Debido a dicha dificultad para intervenir en casos de ASÍ, se han desarrollado diferentes modelos de atención para las victimas de ASÍ, con el fin de hacer más efectiva esta tarea. Uno de estos modelos es el planteado por Soria y Maeso (1990) que plantea 3 fases como:

  • Presentación y toma de contacto

En esta primera fase es importantísimo establecer un vinculo de alianza con la victima. El psicólogo se presenta y sitúa a la victima en el entorno en el que se encuentra. El primer contacto debe centrarse en la presentación por parte del psicólogo y su función para posteriormente adentrarse en las necesidades del paciente. En esta primera fase deben atenderse las necesidades practicas prioritarias presentadas de forma asociada a la agresión sexual, tales como: si se ha producido afectación física, si se ha producido una pérdida económica…

  • Desarrollo

El pase de la primera a la segunda fase es difícil y es el eje de la intervención. La capacidad de controlar el estrés y la capacidad empática del profesional son elementos clave. Durante toda la entrevista, pero especialmente en esta fase, el rol de la victima debe ser activo, para ello deben emplearse muchas preguntas y pocas afirmaciones. La victima ha de saber qué hace allí y que pasará inmediatamente después. En segundo lugar, la intervención debe dirigirse hacia la persona.

El profesional debe intervenir para tranquilizar y disminuir el nivel de excitación de la persona para ello es necesario que disminuya los sentimientos de peligro, descontrol y sumisión que seguramente han dominado el comportamiento de la victima hasta la fecha.

Otro aspecto importante es permitir la expresión de sentimientos. En algunos casos se produce un bloqueo afectivo-comportamental que hace a las victimas comportarse como “robots”. Por eso mismo en estos casos facilitar que la victima llore es un elemento clave, para ello se utilizan los silencios o las verbalizaciones con una alta capacidad empática.

Además en esta fase es fundamental establecer una comunicación rápida con la familia o las personas de confianza de la victima para facilitar la delegación de responsabilidades del profesional hacia otra persona, ayudar en la superación de los sentimientos de vergüenza y establecer la premisa para el desarrollo de un apoyo social posterior.

  • Cierre

Esta fase posee un valor clave en victimas con un elevado nivel de aislamiento socio-afectivo. Partiendo de un rol activo de la victima, deben informársele los pasos más próximos y fundamentales. Dicha información no debe superar las cinco ideas y debe expresarse en una frase. Ha de ser escrita y debe constar de un teléfono o lugar de referencia donde la victima pueda acudir si posteriormente se da cuenta que confundió u olvidó algún aspecto.

Para finalizar, es fundamental que la victima realiza un breve resumen o síntesis de los pasos inmediatamente posteriores y que se han escrito, garantizando su comprensión. Un buen proceso de atención será aquel en el cual se logra comprometer a la victima y a su familia para continuar en un tratamiento más profundo.

No obstante este no es el único modelo de intervención con victimas de ASÍ sino que existen otros como la intervención grupal, familiar, individual, a testigos, etc. (Glaser y Frosh, 1997), en los que se trabaja mediante el uso de herramientas tales como técnicas de entrenamiento en relajación, desensibilización y visualización.

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